El ‘trumpismo’ es malo para las empresas | Peculio



A medida que pasan las semanas, cada vez es más evidente que la pleito comercial de Donald Trump, allá de ser “buena y obediente de ingresar”, está perjudicando a grandes partes de la crematística estadounidense. Los agricultores se enfrentan a un desastre crematístico; el sector de la fabricación, que las políticas de Trump iban supuestamente a resucitar, se contrae; y la confianza de los consumidores se hunde, en gran parte porque la clan teme (con razón) que los aranceles harán subir los precios.

Pero Trump tiene una respuesta para sus detractores: “No soy yo, sois vosotros”. La semana pasada declaró que las empresas que se quejan de que los aranceles les han perjudicado deberían culparse a sí mismas, porque “están mal gestionadas y son débiles”.

Como sucede con muchas de las declaraciones de Trump, lo primero que nos viene a la mente es cómo habrían reaccionado los republicanos si un presidente demócrata hubiese dicho poco así. Sin secuestro, en este caso, no tenemos que hacer muchas conjeturas.

Como puede que recuerden algunos lectores, allá por 2012 Barack Obama hizo la afirmación evidente y acertada de que las empresas dependen de la inversión pública para cosas como las carreteras y la educación, y asimismo de sus propios esfuerzos. En narración a esas inversiones públicas, manifestaba: “Ustedes no construyeron eso”. Los sospechosos de rigor se le echaron encima, sacando la frase fuera de contexto, y afirmaron que estaba faltando al respeto a los empresarios; Mitt Romney convirtió esa manifiesto en el punto resistente de su campaña presidencial.

Las críticas a Obama por ser anti-empresa se hacían, cómo no, con mala fe. Sin secuestro, es Trump quien verdaderamente denuncia a las empresas y las desliz de los problemas que han creado sus políticas. Y los aranceles no son el único ámbito político en el que Trump y las empresas estadounidenses están ahora en desacuerdo.

Algunas de las medidas más relevantes de Trump son las relacionadas con sus desesperados esfuerzos por eliminar la regulación medioambiental. A diferencia de los aranceles, esto, de entrada, podría parecer poco que las empresas quieren.

No obstante, resulta que muchas empresas quieren permanecer esas regulaciones. Los grandes productores de petróleo y de gas se oponen a la laxitud de las normas sobre las emisiones de metano, un potente gas de emoción invernadero, que propone Trump. Los fabricantes de automóviles más importantes han obvio que están en contra de los intentos de Trump de disminuir los criterios de eficiencia del combustible. De hecho, en una osadía que según se dice ha arrebatado a Trump, varias empresas han corto un acuerdo con el estado de California para seguir aplicando las normas de la época de Obama a pesar del cambio en la política federal.

Cuando Trump logró su inesperada conquista en 2016, muchos inversores supusieron que su Gobierno sería bueno para las empresas. Y, efectivamente, les regaló una enorme reducción de impuestos, que se ha usado casi en su totalidad para repartir dividendos más altos y para recomprar acciones, mientras que los trabajadores básicamente no han conseguido cero.

Sin secuestro, dejando a un banda el recortadura de impuestos, cada vez resulta más evidente que el trumpismo es malo para las empresas. O para ser más precisos, es malo para las empresas productivas.

Imagínense que son el presidente de una empresa que demora y tiene intención de existir durante mucho tiempo. Claro que les gustaría abonar menos impuestos y no tener que acatar costosas regulaciones. Pero asimismo querrían alterar en el futuro de su negocio. Y para hacerlo, necesitan alguna seguridad de que las reglas del muestrario serán estables, para que cualquier inversión que realicen ahora de repente no valga cero por unos futuros cambios en la política.

La queja más importante de las empresas por la pleito comercial de Trump no es solo que los aranceles aumenten los costes y los precios, y que las represalias extranjeras estén impidiendo el llegada a mercados importantes, sino que las empresas no pueden hacer planes cuando la política da bandazos en respuesta a los caprichos del presidente. No quieren alterar en cero que dependa de una dependencia de suministros mundial, porque esa dependencia de suministros podría venirse debajo con el subsiguiente tuit de Trump. Pero siquiera pueden alterar dando por sentado que los aranceles de Trump serán permanentes; no se sabe si cantará conquista o si se rendirá, ni cuándo lo hará.

Y resulta que la política medioambiental es parecida. Los líderes empresariales no son fariseos, son realistas. La mayoría de ellos son conscientes de que el cambio climático se está produciendo, de que es peligroso, y de que, al final, tendremos que cambiar a una crematística con bajas emisiones. Quieren alterar ahora para comprobar un ocasión en esa crematística del futuro; saben que las inversiones que empeoran el cambio climático a la larga serán un fracaso. Pero seguirán aplazando las inversiones en nuestro futuro energético mientras los teóricos de la conspiración que consideran que el calentamiento universal es un enorme simulación – y/o los políticos rencorosos decididos a borrar los logros de Obama – continúen reescribiendo las normas.

Pero, para ser justos, algunas empresas sí que prosperan con el trumpismo, concretamente las empresas sin una visión a liberal plazo, operaciones cuya táctica es coge el hacienda y corre. Son buenos tiempos para las empresas mineras que se lanzan a extraer todo lo que pueden, dejando detrás un paisaje mordaz; para los especuladores inmobiliarios que financian negocios dudosos que se aprovechan de las lagunas fiscales recientemente creadas; y para las universidades con talante de rendimiento que dejan a sus alumnos con títulos sin valencia y deudas gigantescas.

En otras palabras, los estafadores están haciendo su agosto con Trump.

Sobra afirmar que estas operaciones relámpago no son el tipo de empresas que queremos que prosperen. Digámoslo así: rehacer la crematística estadounidense a imagen y relación de la Universidad de Trump no es precisamente hacer a Estados Unidos magnate otra vez.

Traducción de News Clips.

 



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